Mujeres de acero

 
 En la escuela de la señorita Milagros destacaban dos niños por todo: por guapos, por listos, por quererse con locura. La señorita Milagros los miraba con adoración y también ellos a ella.
 Juan y Mariana tenían 9 años y  llevaban tres años en la escuela, sin faltar ni un solo día. Ni los más fríos del invierno, en los que los sabañones casi no les dejaban agarrar las plumas; ni los más calurosos del verano, que aunque no había clases, seguían pasándose por su casa, tras la escuela, para contarle cómo habían pasado el día bañándose en el río, a la hierba... y sentados a la sombra sobre un tocón de un viejo árbol, leían con ella un rato y merendaban  pan con chocolate y manzanas.
 Eran niños despiertos, ante  los que la señorita veía un futuro brillante, porque aprendían rápido, se esforzaban, querían saberlo todo y tocaban los libros con tal mimo que ella intuía que serían felices entre ellos. Les contaba cómo había sido su vida en un pueblo castellano, que echaba de menos a veces, cuando la lluvia no daba tregua, pero al que no quería volver, porque allí no había sido feliz. Les hablaba de una madre muerta, de un padre analfabeto e ignorante en materia de letras y números, pero con un corazón tan grande, que había vendido parte de lo que tenía para pagarle un futuro.
 Mariana atesoraba todas aquellas historias y soñaba con ser maestra como la señorita Milagros, pero la mujer le solía decir que podía soñar con algo más, que podía ir a la Universidad. Mariana se reía imaginándolo porque la Universidad, entonces, sólo era de hombres y de algunos.  Ni Juan, que la adoraba y a todo decía amén, se la tomaba en serio. Él también se imaginaba viviendo otra vida, estudiando, en alguna ciudad, pero era demasiado consciente de la necesidad de su casa, de la ayuda que debía darles a los suyos. Le seguía la corriente a su Mariana, porque aunque era un niño, ya hacía tiempo que se había dado cuenta de que la quería tanto, que le dolía horrores si ella se enfadaba, si estaba triste; así que no le costaba nada tragarse orgullo, argumentos, y lo que fuera por tenerla contenta.
 Pasaron los tres años de educación obligatoria tan rápidamente que casi no se dieron cuenta. La señorita Milagros, el último día oficial del curso reunió a los padres de los cinco niños que acababan esa etapa y les habló del futuro. Pero a medida que hablaba veía cómo aquellos hombres y mujeres de aldea, se evadían de sus palabras y volvían sus pensamientos, a los campos por labrar, a los frutos por recoger, la madera por almacenar, los trapos por coser, el ganado que cuidar... Milagros centró toda su atención en la madre de Mariana y en el padre de Juan, sus protegidos. Pero pareció en vano. Acabó la reunión y cada quien volvió a su casa, a sus miserias y a sus sueños, si es que los había. 
Mariana no se rendía a pesar de la negativa de su casa. No quería dejar de estudiar, no podía. Había leído en el periódico que semanalmente llegaba al bar de sus padres, que algunas mujeres habían empezado estudios universitarios en Barcelona, como en otras ciudades europeas. Había comentado la noticia durante la cena y había oído los comentarios de su padre y de su abuelo, mientras su madre la miraba con una media sonrisa, entre amorosa y condescendiente, reflejando adoración por esa niña soñadora, a la que continuamente debía recordar que no podía hablar siempre, que debía callar ante los mayores, ante los hombres de la casa... Recortó aquella noticia y la guardó entre las páginas de su único libro: "La señorita Mª Dolores Aleu Riera es la primera mujer que realiza el examen de grado para obtener la licenciatura en Medicina", para correr a enseñársela a su maestra y a Juan.
La señorita Milagros la alentó. Ella la ayudaría. Tenía unos ahorros, poco cosa, pero con eso y algo más...Y ganarse a su madre sería posible, porque la señorita MIlagros veía en los ojos de aquella buena mujer, aún joven pero envejecida, esperanza, ya no para ella sino para su única hija. Y si conseguían el favor de la madre...el padre...
Pero a Juan se le volvió el mundo del revés. Él se rindió pronto y decidió seguir los pasos de un padre sometido a la historia que le había tocado vivir. Vio cómo Mariana se iba a la ciudad y volvía todas las vacaciones, haciéndose mayor, redondeándose, riéndose con descaro ante las preguntas que él le hacía. Le llevaba libros y al principio, los leía con avidez y quería saber todo lo que ella aprendía. Hablaban de un futuro próximo cuando él pudiera liberarse de sus promesas y emprender su propia vida con ella, pero pasaron unos años y ella se hizo bachiller y quiso más. Para entonces, Juan necesitaba otras cosas, distintas a las de Mariana, más reales y que le sirvieran para acomodar un mundo de trabajo duro, de preocupaciones de verdad y conversaciones sobre la vida de los dos, no sobre cosas que a él le sonaban cada vez más a chino. Ya no era un niño que soñaba; era un hombre con necesidades, no sueños.
La despidió un domingo soleado y frío. Ella lo abrazó intentando con aquel abrazo conseguir lo que nunca tendría. Y sin mirar atrás, emprendió camino.

Comentarios

  1. Me encanta, yo también quiero que continúe. Alguno de tus protagonistas tiene que encerrar la historia redonda que tienes entre manos y no acabas de parir, pero todo llegará

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