El Patri



En todo pueblo, ciudad o barrio hay algún personaje peculiar, extraño, benigno a pesar de su aspecto descuidado. A veces con mirada de loco o ausente ( o ambas cosas pues siempre hay ausencia en la locura). Los hay que hablan solos, que se dirigen al paseante sin esperar respuesta o esperando conversación.
    Nosotros tuvimos la suerte de conocer al Patri. Y parte de su historia, la que él quiso compartir junto con una cerveza fría . El resto de esa historia me la invento.




     El Patri no es tan mayor como aparenta. Dice que no recuerda su edad, pero no es cierto: sabe que tiene 65 años y que nació en Inglaterra. Pero como no le da ningún valor a su edad, la niega. Él aún se siente joven y con ganas de vivir. Las pocas veces que se atreve a mirarse en un espejo, de refilón y porque no lo ha visto venir, no reconoce tanta arruga, tanta cana y tanta ausencia de pelo.

      Vive en una vieja caravana al salir  del pueblo. El camping de las afueras había decidido darle salida a un cacharro ya en desuso y el Patri pujó por él a cambio de  una limpieza de la piscina y un arreglo de varias tumbonas. Ha plantado un pequeño huerto en la parcela del ayuntamiento, con el consentimiento del alcalde, que le permite vivir allí mientras cuide del terreno, un terreno yermo y seco, por el que suda la gota gorda y que le da más trabajo que satisfacciones. 

          Se siente afortunado por todo el cariño que recibe de la gente de su pueblo de adopción. No hay día que no mantenga una parrafada con un pescador, con el único policía de servicio en invierno, con el dueño de alguna tasca. Prefiere el invierno en el pueblo, o más que el invierno la primavera, cuando aún no hay turistas y puede pasear tranquilamente por las callejuelas del que considera su casa. No ha nacido allí, pero lo siente totalmente suyo.

       No necesita mucho para vivir. A cambio de chollear para unos y otros, consigue un plato de choco, o un caldo cuando le duelen los huesos, unas monedas, un café caliente y toda la cerveza que necesita para vivir. 
      Salió de Londres hace ya treinta años para unas vacaciones en el sur de España. Planeó un mes de lujo en un gran hotel y llegó al paraíso despechado con su pareja, cansado de una oficina que lo estresaba y lo llevaba al límite, un padre excesivamente exigente que nunca tenía suficiente y que le exigía su vida a cambio de una empresa familiar...
    Se enamoró de tal forma de la luz, que enfermó al pensar en volver al gris de su vida. Y como un acto de valentía, se plantó y abandonó todo lo que conocía para ser pintor de brocha gorda.También para llevar paquetes a las mujeres mayores que no pueden con los huesos y les acarrea aceite, leche, detergente para lavadoras que se ponen una vez cada quince días, porque viven solas y no acumulan ropa sucia. A cambio ellas le invitan a un guiso rico, zurcen algún remiendo de esos pantalones de colores que gasta e incluso la Juani le arregla el pelo.
    Hay temporadas que le llaman para faenar con el atún de la almadraba,  para cuidar los caballos que pasean turistas por las amplias playas, para  poner cañas y paellas en chiringuitos de madera con flamenquillo de fondo. 
En verano, vuelve a ver a los veraneantes asiduos, a los que también se han enamorado de la Costa de la Luz, pero no tienen arrestos para dejarlo todo. Y en conversaciones de barra, viendo ponerse ese sol naranja que se esconde en el mar, le dicen que envidian su suerte, su forma de vida, aunque él sabe que lo dicen con la boca chiquita, porque en el fondo consideran que sus vidas son más plenas.
       De  vez en cuando llega una carta de su hermana Hanna. Lee su letra picuda en su lengua materna y añora como se añoran la niñez , la caricia de una madre, un idioma, juegos de niños, sabores  y olores de otra época. Sólo entonces y por un rato vuelve a ser Patrick. 
   Y si el invierno es algo más crudo de lo que suele ser por esas latitudes, se pone encima otra manta y se sienta en el escalón de la vieja caravana a ver nubes, que nunca son tan tupidas y llenas de humedad como las de su vida pasada. A pocos confiesa que llora la ausencia de un amor de mujer, que no entendió que no volviera a su vida. Hace tiempo que comprendió  que si gusta su presencia desaliñada y flaca, es porque sonríe con y sin ganas.

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