Tardes de sábado




     Hay un café en Gijón que a pesar de los cambios que la vida le ha impuesto, sigue manteniendo ese encanto de café viejo. Un local de esos en los que a la consumición le acompañan un comestible y cháchara. A pesar del lavado de imagen que le han querido dar los nuevos regentes, siguen manteniendo entre sus clientes fijos a las personas de una cierta edad.
       Hay grupos de señoras con solera.  Gastan pintalabios grasos de color cereza y abultados peinados conseguidos con rulos prietos y laca; señoras de esas que cada sábado y domingo abren sus joyeros repujados y buscan un collar de perlas heredado o una pulsera que en su día fue regalo de un marido que las ha dejado viudas.  Consumen un café pequeño o si se estiran, un chocolate con churros, que a la hora oportuna, será su merienda-cena, ese concepto tan de antes, tan de siempre. Revuelven el azúcar con parsimonia, permitiéndose perder un tiempo que cuando eran más jóvenes les agobiaba. Y mientras giran la cucharilla una y otra vez, ponen en orden familias, propias y ajenas; critican a nueras y yernos que han llevado a sus hijos e hijas  por un camino distinto del que ellas dispusieron;planean semanas de médicos, de papeleos en ventanillas varias. La tarde para ellas es larga y el café se hace eterno mientras los camareros pululan a su alrededor esperando que dejen libre una mesa que ellas consideran de su propiedad, que para algo los años les han dado una buena dosis de desparpajo, a veces rayano en cara dura.
      Y también hay parejas. Las hay de jóvenes, que han quedado a medio tarde para que cunda más el sábado, que el amor cuando es temprano necesita más horas. Hay grupos de parejas, amigos que van quedando para ir organizando una tarde que se volverá noche, con cena y copa incluída.
     Y hay otras parejas. Llevan una vida juntos. Posiblemente salieron de las casas familiares, imberbes ellos y vírgenes ellas, para casarse de blanco y con traje estrecho, ante altares engalanados con flores frescas y tapetes de hilo bordados por solteronas consagradas a la casa parroquial. Tuvieron hijos rápido y se les echaron encima responsabilidades y preocupaciones, porque antes hacerse adulto era una obligación y no valían tonterías como esa de la adolescencia, que no deja de ser un invento de ahora. Eran pipiolos obligados a representar papeles de señores.
        Ahora se han quedado solos. Los niños ya  peinan canas y guerrean con sus propias criaturas y la casa se ha quedado silenciosa. Los armarios están vacíos de ropa y complementos de uso diario pero llenos de todo aquello que a los hijos no les entra en sus minúsculas viviendas. Hay días en los que el teléfono no suena.
     Los sábados y domingos después de una siesta de pijama y orinal, tras una comida copiosa en la vajilla de festivos, ella se calza los zapatos nuevos y él se pone la chaqueta de los fines de semana. Caminan del brazo despacio hasta el café y si tienen mesa junto a la ventana, lo celebran. 
    Dos cafés con leche, un pacharán y todos los periódicos del día y si llevan suplemento cultural mejor. De vez en cuando, uno de los dos levanta la cabeza del papel y echa una ojeada a través del cristal para ver cómo discurre la vida y el caminar de esa ciudad que se deja mojar los pies por el Cantábrico.

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